sábado, 10 de marzo de 2012

L I F E


No soportaba verlo. Se me hacía un nudo en la garganta y no podía emitir sonido alguno. Quería llorar; pero mucho más fuerte eran las ganas que tenía de abrazarlo y decirle que volviera. Extrañaba su forma de ser. Ya no era el mismo, y eso se notaba desde lejos; mas para mi seguía siendo el mismo y yo seguía sintiendo lo mismo. No podía admitir su cambio, no podía aceptarlo. Sabía que él podía hacerlo mejor. ¿Cuánto nos separaba? ¿Un metro, dos? Y aún así lo sentía a kilómetros de distancia. Se sentía tan punzante. Dolía mucho. No aguantaba verlo ahí, sentado a escasos centímetros y yo como una estatua, sin hacer nada al respecto. Tenía la vista fija en sus manos que se movían inquietas y nerviosas. No levantaba la vista, y yo sabía porque era: estaba yo.  Se me partía el corazón y mi alma desaparecía. Se veía tan lindo y perfecto. Recordaba cada facción de su rostro. Sus ojos, sus labios. Esa sonrisa ancha, y sus hoyuelos. Todo el suelo que me sostenía se movió debajo de mis pies, y mis piernas temblaron. No iba a estar así mucho más. Necesitaba de su calor, sus manos sosteniendo las mías. Necesitaba oír su voz, su risa, ver sus ojos achinarse cuando se reía y sus hoyuelitos formarse en las comisuras de su boca.
Tome asiento a su par, pero sin mirarlo directamente. Me concentre en el frente, y en la gente que pasaba por la plaza. No podía demorarme mucho. Él sabía que yo estaba ahí, junto a él. Me acerqué un poco más, y nuestros brazos se rozaron. Pude sentir la electricidad. Me sentí tan completa que no pude parar.

-¿Cómo estas? -le dije volteándome para verlo de frente.

Su perfil era tan lindo. No podía creer a la velocidad que mi corazón iba. ¿Acaso esto era natural?  Unos ojos perfectamente marrones encontraron los míos y deje de respirar. Pude notar la confusión en ellos. Los sentía tan lindos hasta el punto de que lograba perderme en ellos sin problemas, hasta que su voz me distrajo de todo.

-¿Cómo estas vos? -no respondió a mi pregunta.
-Me siento de maravilla. -sonreí, estupidamente.
-¿Qué estas haciendo? -pregunto, y supe a que se refería.

Me puse seria. Sabía que no me la iba a poner fácil, en absoluto. Era muy de él discutirme las cosas; pero lo que más amaba eran nuestras discusiones.

-Intento entablar esa conversación que nunca tuvimos. -le informe, resignándome a todo.

Por más que amara nuestras peleas esta vez no tenía ganas de llevarle la contra. Lo dejaría ganar, una vez más. Después de todo, de una forma y otra, él ya lo tenía todo. Mi corazón, alma, amor, vida. No se me ocurría otra cosa más que quisiera poseer, o romper.
Esta vez me miro más fijo a los ojos. No me había dado cuenta, pero nuestros rostros se habían ido acercando automáticamente a medida que hablábamos. Sus labios buscaron los míos y se quedaron en ellos una milésima de segundo; para luego volver a observarme desde su lugar.

-¿Qué fue eso? -alcance a preguntar, al tiempo que alzaba una de mis manos a mi boca. Perdón, su boca porque ahora le pertenecía.
-Hago eso que siempre quise hacer. -se encogió de hombros.
-Te odio. -le dije, y nuestros labios volvieron a rozarse.

La vida es un poco de todo: loca, rara, indefensa y poderosa; pero por sobre todas las cosas es impredecible. Nunca sabes lo que pasará hasta que lo intentas. Quedarse de brazos cruzados sobre un mismo lugar mucho tiempo no es una opción. La vida avanza rápido y si no le sigues el ritmo puedes perderte las mejores cosas que te ofrece. Hay que disfrutarla. Ser alocado, divertido y romper las reglas, ser sucio.

No hay comentarios:

Publicar un comentario